Le llamaban mucho la atención las sandalias, porque entonces no era un calzado que llevasen los hombres en Brétema. Había mujeres que sí, en verano. Una veraneante que se hospedaba con su marido en la posada Ultramar. Llevaba pintadas las uñas de los dedos. Dedos que refulgían con un esmalte de ostra. Dedos niquelados. Toda la chavalería alrededor, como quien busca monedas en el suelo. Todo por la madrileña con los dedos de los pies pintados.

Los dedos del Cristo tenían matas de pelo, las uñas como lapas, y aun con las sandalias, se doblaban para sujetarse al suelo, como cuando se ceñían a la costra aristada de las peñas. Antes de la procesión, lo llamó aparte. «Vas al Ultramar y le dices a Rumbo que te dé una botella de agua bendita.» Y él sabía de sobra que no era agua de la pila santa. No, no iba a decirle nada a la madre. Ni falta que hacía que se enterase. Ya había hecho otras veces el trabajo de Cana. Así que salió pitando para ir y volver en un santiamén. Y por el camino decidió darle un tiento. Sólo un chupito. Sólo un chisguete. Si a todos les sentaba bien, algo tendría. A él también le venía de perlas ese día levantar la paletilla. Sintió que le ardían las entrañas, pero también el reverso de los ojos. Respiró a fondo. Cuando el aire fresco fue apagando aquel incendio de las entrañas, tapó y envolvió bien la botella en el papel de estraza y apeló a los pies para llegar antes de que el padre cargase con el Palo de la Santa Cruz.

En la procesión gritó todo contento:

– ¡Padre, padre!

Y la madre murmuró ahora: «Tampoco le llames padre cuando va con la cruz».

Qué bien lo hacía, qué voluntad ponía en aquella aflicción.

– ¡Qué Cristo, qué verosímil! -se oyó que decía el Desterrado al doctor Fonseca. En Brétema todo el mundo tenía un segundo nombre. Algo más que un apodo. Era como llevar dos rostros, dos identidades. O tres. Porque el Desterrado era también, a veces, el Cojo. Y ambos eran el maestro, Basilio Barbeito.



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