
Oí que informaban por radio de un probable doble homicidio y solicitaban la intervención de la Unidad de Delitos Graves. Percibí conmoción en sus voces, pese a que procuraban comunicar lo que habían visto de la manera más desapasionada posible, como correspondía a dos buenos policías. Quizá ya entonces sospechaban de mí. Eran policías, y ellos mejor que nadie sabían qué era capaz de hacer la gente, incluso uno de los suyos.
Y por eso permanecieron en silencio, uno junto al coche y el otro en el pasillo, a mi lado, hasta que llegaron los inspectores, seguidos de la ambulancia, y entraron en nuestra casa. Mientras, los vecinos iban apareciendo ya en los porches, tras las verjas, y algunos se acercaban para averiguar qué había ocurrido, qué desgracia había caído sobre la joven pareja de enfrente, la pareja de la niña rubia.
– ¿Bird?
Al reconocer la voz, me pasé la mano por los ojos. Un sollozo sacudió mi cuerpo. Tenía ante mí a Walter Cok, y más allá a McGee, con el rostro bañado por los destellos del coche patrulla pero todavía lívido, afectado por lo que había visto. Se oía llegar más coches. Un enfermero apareció en la puerta y la atención de Cok se desvió hacia él.
– Está aquí el auxiliar médico -dijo uno de los agentes mientras el joven enfermero, delgado y pálido, esperaba a un lado.
