
Charles se encogió de hombros.
– Eso no la perjudicará. A las mujeres les gustan los títulos.
– Bien. Si no requiere usted de mí alguna otra información, os dejo. -Gyles se levantó.
Charles se puso en pie. Abrió la boca pero pareció vacilar.
– Iba a insistir en que os quedarais aquí con nosotros, al menos a cenar…
Gyles negó con la cabeza.
– En otra ocasión, tal vez. Si me necesita para algo, me alojo en el Lindhurst Arms. -Se dirigió hacia la puerta.
Charles accionó el tirador del timbre y le siguió.
– Discutiré el asunto con Francesca esta noche…
– Y yo pasaré por la mañana para conocer su respuesta. -Gyles se detuvo mientras Charles se reunía con él junto a la puerta-. Una última impertinencia. Ha mencionado que el suyo fue un matrimonio concertado… Dígame, ¿fueron felices?
Charles correspondió a su mirada.
– Sí. Lo fuimos.
Gyles dudó un momento e hizo una inclinación de cabeza.
– Entonces sabrá que Francesca no tiene nada que temer del acuerdo que le propongo.
Había advertido dolor en los ojos de Charles. Gyles sabía que Charles era viudo, pero no se esperaba un sentimiento tan profundo; estaba claro que Charles había sentido en lo más hondo la muerte de su esposa. Notó un escalofrío en la nuca. Gyles pasó al salón, seguido de Charles. Se dieron la mano, y entonces llegó el mayordomo. Gyles lo siguió de vuelta a través de la casa.
Al acercarse al vestíbulo, el mayordomo murmuró:
– Enviaré a un lacayo a por vuestro caballo, milord.
Ya en el vestíbulo, no había ningún lacayo a la vista, pero una puerta forrada de tapete verde a un extremo de la sala batía con fuerza. Un segundo más tarde, una fregona salió por ella dando gritos. Ignoró a Gyles y se precipitó hacia el mayordomo.
