
No era en absoluto la clase de mujer que le provocaba, no la clase de mujer a la que normalmente prestaría atención.
Era justamente la clase de esposa que andaba buscando. ¿Podía tratarse de Francesca Rawlings?
Como si un poder superior hubiera leído su pensamiento, una voz de mujer la llamó:
– ¿Francesca?
La muchacha levantó la vista. Estaba cerrando el libro y recogiéndose el chal cuando la mujer volvió a llamarla.
– ¿Francesca? ¿Franni?
Poniéndose en pie, la muchacha exclamó:
– Estoy aquí, tía Ester. -Su voz era clara y delicada.
Echó a andar y desapareció de la vista de Gyles.
Gyles sonrió y reanudó su paseo. Había confiado en Charles y éste no le había decepcionado: Francesca Rawlings reunía punto por punto las cualidades adecuadas para ser su dócil prometida.
El sendero desembocaba en un patio cubierto de césped. Gyles penetró en él…
Una derviche vestida de verde esmeralda a punto estuvo de derribarlo.
Se estrelló contra él como una fuerza de la naturaleza; era una mujer pequeña, que apenas le llegaba al hombro. Su primera impresión fue una mata de pelo negro revuelto y rizado que caía de cualquier manera sobre los hombros de ella y su espalda. El verde esmeralda correspondía a un vestido de montar de terciopelo. Calzaba botas y portaba una fusta en la mano.
Él la agarró y la sostuvo: se habría caído de no haberla sujetado entre sus brazos.
Aun antes de que hubiera recuperado ella el aliento, las manos de él habían insinuado una caricia, sus sentidos impúdicos le habían transmitido ávidamente que sus curvas eran generosas, su carne firme pero complaciente, que era la quintaesencia de la feminidad: para él, básicamente un desafío. Desplegó las manos por su espalda, luego apretó los brazos en torno a ella, pero con suavidad, atrapándola contra él. Sus pechos generosos calentaban el suyo, sus blandas caderas sus propios muslos.
