
– Si tuviera la bondad de soltarme, caballero…
Él no quería, pero lo hizo; despacio, con reticencia deliberada y evidente. Ella se había sentido más que bien entre sus brazos, había sentido un calor y una vitalidad intensas. Se había sentido intensamente viva.
Retrocedió un paso, y su rubor se acentuó a medida que las manos de él rozaban sus caderas hasta perder contacto y caer. Se sacudió el faldón, evitando cruzar su mirada con la de él.
– Si me disculpa, debo irme.
Sin esperar respuesta por parte de Gyles, pasó a su lado y echó a andar a paso vivo sendero abajo. Él se volvió para verla alejarse.
Aminoró la marcha. Se detuvo.
De pronto, se volvió a mirarlo con un remolino, y sus ojos se encontraron con los de él sin mostrar desfachatez ni malicia.
– ¿Quién es usted?
Era una gitana vestida de verde y enmarcada por el macizo de arbustos. La franqueza de su mirada, de su actitud, eran un desafío hecho carne.
– Chillingworth. -Girando hasta quedar de frente ante ella, le hizo una reverencia sin que sus ojos perdieran contacto ni un instante. Al enderezarse, añadió-: Y quedo muy decididamente a su servicio.
Ella se lo quedó mirando, para al cabo hacer un gesto vago:
– Llego tarde.
Viéndola, nadie hubiera dicho que así fuera…
Ambos sostuvieron la mirada; algo primitivo tendió un arco entre ellos… Una cierta promesa que no precisaba formularse con palabras.
Ella apartó la vista de sus ojos, recorriendo su figura con avidez, codiciosamente, como para fijarla en su memoria; él hizo lo propio, con idéntica voracidad por su visión, presto para echar a correr.
Lo hizo ella antes. Se volvió repentinamente, recogió la cola que arrastraba su vestido y huyó, desviándose por un sendero lateral hacia la casa, desapareciendo de su vista.
Sin poder apartar los ojos del desierto bulevar, Gyles sofocó el impulso de salir en pos de ella. Su excitación se disipó poco a poco; se dio la vuelta. La sonrisa que curvaba sus labios no era de diversión. Aquella expectativa de sensualidad era moneda que manejaba habitualmente; la gitana conocía bien las reglas de su comercio.
