La camaradería entre los dos databa de largo tiempo. Aunque Edwina, que era gerente de la sucursal principal del First Mercantile American en la ciudad, estaba varios niveles por debajo de Alex en la jerarquía del banco, él siempre la había tratado como a una igual, y con frecuencia, en asuntos que afectaban a su sucursal, había tratado con ella directamente, pasando por encima de los peldaños de la organización que los separaban.

– Alex -dijo Edwina- debo decirte que pareces un esqueleto.

Una cálida sonrisa encendió la suave y redonda cara de él.

– Se me nota, ¿eh?

Alex Vandervoort era un conocido gastrónomo, un goloso amante de la comida y el vino. Desgraciadamente aumentaba fácilmente de peso. Periódicamente, como ahora, tenía que seguir alguna dieta.

Por tácito consentimiento ambos evitaron, por el momento, el tema que estaba más próximo a sus mentes.

Él preguntó:

– ¿Cómo andan los negocios este mes en la sucursal?

– Bastante bien. Y soy optimista para el año próximo.

– Hablando del año próximo, ¿cómo ve la cosa Lewis?

Lewis D'Orsey, marido de Edwina, era dueño y editor de un difundido periódico para economistas.

– Sombríamente. Prevé un alza temporal en el valor del dólar, luego otra gran caída, como ocurrió con la libra esterlina. También dice Lewis que aquellos que en Washington afirman que la recesión norteamericana ha llegado a su fin son unos ilusos, ¡los mismos falsos profetas que en Vietnam veían «la luz del túnel»!

– Estoy de acuerdo con él -murmuró Alex-. Sabes, Edwina, uno de los fallos de los banqueros norteamericanos es que nunca alentamos a nuestros clientes a tener cuentas en moneda extranjera… francos suizos, marcos alemanes, otras monedas… como hacen los banqueros europeos.



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