
Pero fuera de percibir -cada decenio o más- estos tremendos saltos, bien notas cada día que tu cara de hoy no es la misma de ayer ni de mañana. No hacen falta iluminados espejos de aumento para saber que cambias y que de un día a otro, a veces, no te reconoces. La cara, dijo un sabio, es descarada.
Días hay que las mujeres amanecen lindas y días que sería preferible no haberse levantado. Así les pasa a todas y el mal no está en los ojos. La tez es caprichosa y a su antojo varía las facciones. No importa que la gente aún te reconozca. Tú sabes y yo sé que hay días en que no eres la misma. El tiempo a veces corre hacia adelante (te ves más vieja), y a veces retrocede. Los días de mala cara aprovéchalos en asuntos de recogimiento; los días de buena cara, simplemente aprovéchalos.
Para esa pesadumbre de los días en que el tiempo parece haber corrido por tu cara mucho más de la cuenta, no hay receta, No se cura el estupor ante el espejo. Lávate, sin embargo, con agua helada el rostro; si no da resultado, con agua muy caliente; si el mal persiste, con agüita de rosas; si el disgusto no cesa, ponte unas gafas negras y cambia de peinado.
Pero lo mejor es poner la cara al sol por diez minutos, esperar la noche y dormir doce horas. Sueño y sol y esperanza, no lo dudes, obrarán maravillas para el día siguiente. A cualquier edad, incluso en la postrera, es posible lograr que el tiempo de tu cara retroceda. Para lograrlo hay que recuperar tus gestos del pasado; para recuperarlos hay que volver a los sabores olvidados de la infancia.
La traición es un vicio maligno de los machos que no depende de tu decadencia sino de una imaginación enardecida que no encuentra sosiego hasta no averiguar lo que hay escondido detrás de un traje ajeno. Si llegas a saber que él ha retozado con mujer más moza, no dejes que te aprese la duda de tu cuerpo. No va en busca el hombre de mejores manjares, lo mueve la curiosidad por los platos exóticos.
