Los fundamentalistas del estómago limítense a la yuca, la papa o el tomate. Cosas buenas, mas pocas. En todo caso, si creen que su pasado es único, que no son un misceláneo menjurje de americano, europeo y africano, que se dediquen a cultivar sus limitados horizontes.

Yo por mí, tú por ti, siéntete multitud de todo aquello, y como pez en el agua y a tus anchas paséate con la felicidad de no sentirte falsa en ninguna de estas tres tradiciones culinarias. Es más, tampoco sientas ajena la oriental. Todo lo humano es de todos y así como el arroz nos deleita la lengua, también los chinos deberán encontrar, pues les conviene, el gusto por la arepa.

Mujer, quédate en paz, come lo que te guste que casi todo es bueno, venga de donde venga. El regionalismo culinario no es más que una estrechez de entendederas. Pocos versos tan tontos como esos de un poeta de la raza (¿de qué raza hablarán?) en que se trenza en disputa feroz a favor del maíz, contra la papa:

¡Salve, segunda trinidad bendita, Salve, frisoles, mazamorra, arepa!(…) ¡Oh, comparar con el maíz las papas.Es una atrocidad, una blasfemia!

Eso sí, si un día estás en la obligación de invitar a personas que se jactan de ser muy naturales, muy locales y auténticas, perfectamente autóctonas, de esas que se envanecen porque jamás han ido a tierra ajena, entonces ese día les preparas nuestro más ancestral plato, la comida nuestra por antonomasia, maravilloso descubrimiento culinario de los indígenas que poblaban nuestras tierras por los lados del Citará. La receta está ciada por un cronista de la Colonia y consiste en freír unos gusanitos que los indios llamaban mojojui y nosotros todavía conocemos como mojojoy.



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