
Sus labios se abrieron por la sorpresa.
"Dicho sencillamente, señorita Ballister," dijo él con alarmante suavidad, "mi hermano no era digno de una mujer como usted. "
Y luego, mientras ella intentaba asimilar el sentido de sus palabras, mientras intentaba simplemente recordar como respirar, él se puso de pie.
"Ha sido un placer, señorita Ballister" murmuró, tomando su mano y depositando suavemente un beso sobre su guante. Sus ojos permanecieron fijos en su rostro todo el tiempo, brillando cálidos y verdes, y chamuscando directamente su alma.
Él se enderezó, curvó sus labios apenas los suficiente para hacer que su piel se estremeciera, y tranquilamente dijo, "Buenas noche, señorita Ballister. "
El se había marchado incluso antes de que ella pudiera ofrecerle su propio adiós. Y no reapareció en el palco contiguo al de ella.
Pero este sentimiento – este extraño, sin aliento, vertiginoso sentimiento que él lograba provocar dentro de ella con sólo una sonrisa – éste se enroscó alrededor de ella y no se marchó.
Y por primera vez en su vida, Susannah no fue capaz de concentrarse en un drama Shakesperiano.
Incluso con los ojos abiertos, todo lo que ella podía ver era la cara del conde.
Capítulo Tres.
Otra vez, la señorita Susannah Ballister es la comidilla de la ciudad. Después de conseguir la dudosa distinción de ser la más popular e impopular señorita de la temporada de 1813 (gracias, casi en su totalidad, al de vez en cuando necio Clive Mann-Formsby), ella disfrutaba un poco de anonimato hasta que otro Mann-Formsby-esta vez David, el Conde de Renminster-la agració con su completa atención en la representación del sábado por la noche del Mercader de Venecia en Drury Lane.
Una tan solo puede especular en cuanto a las intenciones del conde, ya que la señorita Ballister estuvo muy cerca de convertirse en una Mann-Formsby el pasado verano, aunque su prefijo hubiera sido el de Sra. De Clive, y ella habría sido la hermana del conde.
