
Laurel se ha levantado y camina hacia Roach. Su rostro tiene el gesto del llanto, pero solo siente pena.
– ¡Que cagada, Dios mío! -Se toma la cabeza. Roach lo mira sonriente.
– ¿Se anima a repetirlo? -pregunta, ordena-. Directores hay muchos, Stan.
El flaco no comprende. Atrás, una enfermera embadurna el brazo de Ollie y le coloca una venda desprolija. El gordo siente un ligero alivio. La risa de los asistentes le ha dado mucha rabia. No ha entendido tampoco que hacia Laurel en el suelo, junto a él. Ahora se acerca al productor y a Stan; va a decirles que dentro de una semana podrá seguir trabajando. Los dos hombres lo miran. Roach es feliz.
– Creo que ustedes van a hacer reír -dice.
Cuando Laurel entró a la oficina, Philip Marlowe leía un libro sentado en su sillón; las largas piernas del detective estaban sobre el escritorio y sus pies se apoyaban sobre un montón de carpetas. Los zapatos brillaban limpios y lustrados, pero las suelas tenían agujeros y a los tacos de goma se les veían los clavos. Laurel se paró ante el escritorio y observó con atención al hombre que seguía distraído.
– Buen día -saludo.
El detective levantó los ojos. Miró un largo rato al viejo que vestía un traje pasado de moda, pero limpio y bien planchado. En las manos llevaba un sombrero y el sobretodo que se había quitado antes de entrar. Sus ojos eran brillantes y sonreía, como si hubiera algún motivo para hacerlo. Pasó un largo minuto antes de que Marlowe dejara el libro sobre el escritorio y encendiera un cigarrillo.
– Creo que se equivocó de puerta.
– Usted necesita un empleo y yo se lo ofrezco -dijo el actor.
– ¡Que interesante! ¿De qué se trata?
– ¿Qué esta leyendo? -replico Laurel.
– Una novela policial. Un detective de la agencia Continental llega a un pueblo y se mezcla con una banda de criminales y con la policía y anda a los tiros con todo el mundo. No es un hombre delicado, se lo aseguro. Me hubiera gustado tenerlo de socio. La novela no dice como se llama, pero podría encontrarlo a la vuelta de una esquina.
