
– Es cierto, Ollie y yo terminamos perseguidos por el policía Sanford. ¿Porqué eligió esa profesión?
– Es muy difícil saberlo ahora. Trabajé con el fiscal del distrito hace tiempo, pero soy demasiado irrespetuoso con la autoridad. Decidí seguir solo. Desde entonces estuve varias veces en la cárcel. No me gusta colaborar.
– Yo también necesitaba hablar con alguien -lo interrumpió Laurel.
– ¿Por eso fue a verme esta mañana?
– Creo que sí. Iba a pagar su tiempo.
– Deberíamos suscribirnos a Corazones Solitarios.
– Creí que el cómico era yo, Marlowe.
– Hace tiempo que dejó de serlo.
– Usted es muy duro conmigo. ¿Siempre es así?
– En los ratos libres corto los yuyos del jardín y juego al ajedrez.
– La soledad lo ha vuelto hosco, Marlowe. ¿Alguna vez quiso a alguien?
– Una vez. Me case con ella, pero era demasiado tarde. No anduvo.
– Quise decir si tuvo amigos.
– Recuerdo uno. Se llamaba Terry Lennox. Era ingles, como usted. Trabajo en películas, como usted. Estaba deshecho y termino montando una comedia para escapar de la realidad. No volví a verlo. Estoy tan solo como es posible estarlo en este país.
– ¿Puedo verlo mañana, detective? Le adelantaré cien dólares. ¿Está bien?
– ¡Al diablo con los cien dólares! Le dije que mi oficina no es un confesionario. Olvídese de todo. Tomaremos un gimlet y no lo veré más. Cuando quiera recordarlo iré al cine. Usted era más divertido antes, Laurel.
– ¡Cámara!
La cara del gordo se ha transformado en una máscara payasesca por el maquillaje. Está ante la enorme cocina de un restaurante, frente a decenas de cacharros, y el vapor que sale de ellos lo envuelve y lo hace sudar. Los mozos entran uno tras otro y llevan los pedidos, vuelcan los guisos y las sopas. El piso es un enchastre de patas de cordero, papas, verduras, sobre las que el gordo y los mozos resbalan una y otra vez; caen al suelo dibujando cabriolas espectaculares. La acción se interrumpe a menudo. El flaco corre de un lado a otro, grita instrucciones, habla con el gordo y le marca las escenas siguientes.
