
– Perfecto. Los llevaré a almorzar a casa de mis padres. -El padre de Maxine también se dedicaba a la medicina, a la cirugía ortopédica, y era tan preciso y meticuloso como ella. Maxine lo había conseguido todo con esfuerzo; él había sido un estupendo ejemplo para ella y estaba muy orgulloso de la labor de su hija. Maxine era hija única y su madre no había trabajado nunca. Su infancia había transcurrido de forma muy diferente de la de Blake. La vida de él era el resultado de una sucesión de golpes de suerte desde el principio.
Al nacer, Blake fue adoptado por un matrimonio mayor. Su madre biológica, por lo que había averiguado él más tarde, era una chica de quince años de Iowa. Cuando la conoció, estaba casada con un policía y había tenido cuatro hijos. La mujer se llevó un buen sobresalto al conocer a Blake. No tenían nada en común, y él sintió pena por ella. Había tenido una vida difícil, sin dinero y con un hombre que bebía. Ella le explicó que su padre biológico había sido un joven alocado, guapo y encantador, que tenía diecisiete años cuando nació Blake. Le dijo que su padre había muerto en un accidente de coche dos meses después de la graduación, aunque nunca había tenido intención de casarse con ella. Los abuelos de Blake eran muy católicos y habían obligado a su madre a dar a su hijo en adopción después de pasar el embarazo en otro pueblo. Sus padres adoptivos habían sido buenos y formales. Su padre era un abogado de Wall Street especializado en impuestos y había enseñado a Blake los principios para realizar buenas inversiones. Se aseguró de que Blake fuera a Princeton y después a Harvard para hacer un máster en administración de empresas. Su madre hacía trabajos de voluntariado y le había enseñado la importancia de «aportar algo» al mundo. Blake había aprendido bien ambas lecciones y su fundación subvencionaba muchas obras de beneficencia. El extendía los cheques, aunque no conociera la mayoría de las asociaciones a las que iban destinados.
