Me di vuelta y vi su mirada que, antes impaciente, se había vuelto dolorida.

Sentí tanta pena en ese momento, vi su traje de baño mojado y me pareció mal que sintiese frío. Vi la expresión sufrida de su rostro y experimenté tanta ternura que me reproché haber sido tan egoísta, haber pensado solamente en mis juegos.

– Papá, volvamos a la orilla.

Él prácticamente salió corriendo del agua, mientras yo daba brazadas con vehemencia, luchando contra las olas que cada vez más intentaban llevarme mar adentro.

Con los ojos un poco desencajados trataba de acercarme, sin conseguirlo. Pero no decía nada, no quería volver a ver en él esa mirada, tenía que arreglarme sola.

Cuando llegué a la orilla él ya estaba tendido en la esterilla y leía el diario.

19

Anoche tuve un sueño muy bello e inquietante. Estábamos Thomas, una niña y yo. Una niña hermosa, de cabellos rojos, el rostro redondo y dos labios rojos y carnosos. Casi me daba miedo mirarla, era hermosa de una manera desconcertante. Era nuestra hija.

Pero en el sueño yo era tanto yo misma como Thomas y la niña. Veía con los ojos de todos. Me sentía parte de todos.

Estábamos vestidos como en el siglo XIX. No el siglo XIX de las cortes, sino el siglo XIX popular de las ciudades.

La niña nos lleva al mar. Hace que nos sumerjamos, pero no nos mojamos.

Quedamos mucho tiempo sumergidos en el agua, como si fuéramos peces. Alrededor de nosotros hay pólipos, medusas, langostas… la niña está acostada sobre la nada, con los brazos a los lados y el cabello rojo, larguísimo, que sigue creciendo y moviéndose bajo el agua. Es bello, sedoso, y crece y crece. Luego, en un determinado momento, su cabello se vuelve blanco e insípido y empieza a disiparse, hasta desaparecer por completo. Ahora tiene la cabeza pelada. Es una recién nacida. Pero sigue siendo sorprendentemente hermosa.



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