
Pero al poco tiempo me enteré de que Ernesto me engañaba. Fui a buscar una lapicera y como no encontraba ninguna, abrí su maletín y ahí estaba: un corazón dibujado con rouge, cruzado por un "te quiero", y firmado "tuya". Una reverenda grasada, pero la verdad es que en ese momento me dolió. Estuve a punto de ir ahí mismo y refregarle el papel por la cara y decirle: "¡Pedazo de hijo de puta, ¿qué es esto?!". Pero por suerte conté hasta diez, respiré hondo, y dejé todo como estaba. Me costó fingir en la cena. Lali estaba en uno de esos días en que nadie la soporta, excepto Ernesto. A mí ya ni me afectaba, así era nuestra hija y estaba acostumbrada. Pero a Ernesto le costaba. Él le hablaba y ella contestaba con monosílabos. Yo no estaba en condiciones de aportar nada; con lo que había descubierto tenía suficiente. Pero tenía miedo de que se me notara. Yo siempre tapo todos los silencios, cubro los baches cuando una conversación no está bien armadita. Es como un don que tengo. Para evitar sospechas les dije que me sentía mal, que me dolía la cabeza. Creo que me creyeron. Y mientras Ernesto monologaba con Lali yo me iba imaginaba qué le iba a decir. Porque mi primera reacción de preguntarle "¿qué es esto?", ya la había descartado. ¿Qué me iba a contestar? Un papel, con un corazón, un te quiero, una firma. No, ésa era una pregunta estúpida. Lo importante era saber si ese papel significaba algo importante para él, o no. Porque en definitiva, y por más que a una le pese, a toda mujer, en algún momento, le meten los cuernos. Es como la menopausia, puede tardar más o menos, pero ninguna se salva. Lo que pasa es que hay algunas que nunca se enteran. Y ésas la pasan mejor, porque para ellas la vida sigue igual. En cambio, las que nos enteramos empezamos a preguntarnos quién será ella, dónde fallamos, qué tenemos que hacer, si tenemos que perdonar o no, cómo cobrarles a ellos lo que nos hicieron, y para cuando el susodicho ya dejó a la otra, el enredo mental que nos armamos es tan grande que ya no podemos volver atrás.
