

Harlan Coben
Última oportunidad
Capítulo 1
Al recibir el primer tiro en el pecho, pensé en mi hija.
O al menos es lo que quiero creer. Perdí el conocimiento casi en seguida. Para ser precisos, ni siquiera recuerdo que me dispararan. Sé que perdí mucha sangre. Sé que una segunda bala me rozó la coronilla, aunque lo más probable es que ya estuviera inconsciente. Sé que se me paró el corazón. Aun así me gusta pensar que, mientras agonizaba, pensaba en Tara.
Para más información: no vi ni luz brillante ni túnel. O, si los vi, ya no me acuerdo.
Mi hija Tara tiene sólo seis meses. Estaba en la cuna. No sé si el tiroteo la asustó. Supongo que sí. Lo más probable es que se echara a llorar. No sé si el ruido familiar, aunque molesto, de su llanto se introdujo de algún modo en mi confuso cerebro, y en algún momento la oí. Pero tampoco me acuerdo de eso.
En cambio de lo que sí me acuerdo es de cuando nació Tara. Recuerdo a Monica -la madre de Tara- esforzándose en un último empujón. Recuerdo cuando apareció la cabeza. Fui el primero que vio a mi hija. Todos sabemos los giros que da la vida. Todos sabemos que cuando una puerta se cierra se abre otra, conocemos los ciclos de la vida, los cambios de estación. Pero el nacimiento de un hijo… va más allá del surrealismo. Has cruzado una especie de portal a lo Star-Trek, un transformador de la realidad en toda regla. Todo es diferente. Tú eres diferente, un simple elemento golpeado por un asombroso catalizador y metamorfoseado en algo mucho más complejo. Tu mundo desaparece; se encoge en la dimensión -al menos en este caso- de una masa de dos kilos y medio.
La paternidad me confunde. Sí, ya sé que con sólo seis meses de experiencia, únicamente soy un aficionado.
