
Sobre esto yo no tenía duda alguna. En cuanto a lo de la discreción al menos.
Durante los días siguientes recibí algunas visitas en el hospital. Mi madre -a la que todos llaman Honey- entraba todas las mañanas como una explosión en mi habitación, igual que un chorro de combustible. Llevaba unas Reebok de un blanco deslumbrante, chándal azul con ribete dorado, como si fuera a entrenar a los Rams de Saint Louis, y el pelo, por supuesto bien peinado, estaba encrespado por los excesivos tintes; y toda ella olía ligeramente al último cigarrillo. El maquillaje de mi madre no lograba disimular su angustia por la pérdida de su única nieta. Mostraba una energía sorprendente, al acompañarme día tras día y desprender una constante corriente de histeria. No me importaba. En parte, era como si estuviera histérica por mí, y así, de algún modo, sus estallidos de emoción me ayudaban a mantener la calma.
Pese al calor que hacía en la habitación, y a mis constantes protestas, mi madre me ponía una manta de más en la cama mientras dormía. En una ocasión me desperté -con el cuerpo empapado de sudor, naturalmente- y oí como mi madre le contaba a la enfermera negra de la cofia mi estancia anterior en el Saint Elizabeth, cuando tenía siete años.
– Tuvo salmonela -afirmó Honey en un cuchicheo conspirador que era poco menos audible que un megáfono-. Nunca había olido una diarrea como aquélla. Le salía sin ningún control. Aquel olor casi impregnó el papel pintado.
– Ahora tampoco huele precisamente a rosas -contestó la enfermera.
Las dos mujeres se echaron a reír.
El Día Dos de mi recuperación, mi madre estaba de pie junto a la cama cuando me desperté.
