
Después de todos los saludos, Pratt invitó a Bosch y a Rider a su despacho para darles un discurso de bienvenida privado. Se sentó detrás de su escritorio y ellos ocuparon las dos sillas que había enfrente. En el minúsculo recinto no había lugar para más muebles.
Pratt era unos años más joven que Bosch, aún no había cumplido los cincuenta.
Se mantenía en forma y hacía gala del espíritu de la cacareada División de Robos y Homicidios, de la que Casos Abiertos era sólo una rama. Pratt se mostraba seguro de su talento y de su capacidad de mando de la unidad. Tenía que estarlo. Robos y Homicidios se ocupaba de los casos más difíciles de la ciudad. Bosch sabía que para pertenecer a ese selecto grupo tenías que creerte que eras más listo, más duro y más astuto que aquellos a los que perseguías.
– Lo que debería hacer es separaros -empezó-. Haceros trabajar con compañeros ya establecidos en la unidad porque esto es diferente de lo que habéis hecho en el pasado. Pero tengo órdenes de la sexta y no me meto con eso. Además, entiendo que tenéis una química previa que funcionaba. Así que olvidemos lo que debería hacer y dejadme que os explique un poco qué supone trabajar en Casos Abiertos. Kiz, ya sé que ya te di esta charla la semana pasada, pero tendrás que aguantarla otra vez, ¿de acuerdo?
– Por supuesto -dijo Rider.
– En primer lugar, olvidémonos de cerrar viejas heridas. Eso es una cantinela de los medios, algo que escriben en los artículos de periódico sobre los casos antiguos. Lo de cerrar heridas es un chiste. Es una puta mentira. Lo único que hacemos es dar respuestas. Las respuestas deberían bastar. Así que no os confundáis con lo que estáis haciendo aquí. No confundáis a los familiares con los que trataréis en estos casos, y que ellos no os confundan.
