¿Dónde estaba Françoise? La cuerda fija cuyo trazado habían seguido debería haberlos conducido hasta el paso del Campamento Tres. Ella iba delante, y no habían vuelto a verla. Los otros permanecieron juntos, avanzando penosamente, completamente desorientados, sin tener idea de en qué parte de la montaña se encontraban, y se aferraron a aquel pretexto para refugiarse en un barranco. Y, no obstante, había algo que debía recordar, un objeto que se había perdido en su mente; y no sólo no sabía dónde podía encontrarlo, sino que no sabía qué era.

Ni siquiera se veía los pies. Aquella mañana, cuando se habían puesto en marcha, las montañas relucían contra el cielo despejado. Habían iniciado el lento ascenso hacia la cima por el inclinado mar de hielo, bajo un intenso sol que se derramaba sobre la silueta de las montañas, que destellaba en aquella extensión de hielo azul blanquecino a prueba de balas, y que les aguijoneaba la dolorida cabeza. Sólo se veían algunos cúmulos que se deslizaban hacia ellos, y luego, de pronto, se produjo aquel remolino de nieve.

Notó movimiento a su lado. Había alguien más que estaba consciente. Se volvió trabajosamente para ver quién era. Llevaba un anorak rojo, de modo que debía de ser Pete. Tenía la cara completamente cubierta por una gruesa capa de hielo gris, pero él no podía ayudarlo. Habían llegado a formar una especie de equipo, pero ahora cada uno se hallaba en su propio mundo.

Se preguntó quién más estaría muriendo en la ladera. Todo había salido mal. Aunque ya nada podía hacer. En el bolsillo del anorak, dentro de la funda de un cepillo de dientes, llevaba una jeringuilla con dexametasona, pero ya no tenía fuerzas ni para sujetarla. Ni siquiera podía mover las manos para desabrochar la mochila. Además ¿qué habría hecho? ¿Adónde habría ido? Era mejor esperar. Ya los encontrarían. Sabían dónde estaban. ¿Por qué no habían llegado ya?



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