—Haré lo que pueda —prometió Vickers, sumiso.

Ella se le acercó para acomodarle la corbata; le ajustó el nudo, se lo enderezo y le quitó imaginarías pelusas de la solapa.

—En cuanto acabemos con esto vamos a salir para comprarte un traje —dijo.

—Ya tengo uno.

Sobre la puerta se leía: Investigación Norteamericana.

—Lo que no puedo entender —protestó Vickers— es qué tenemos en común Investigación Norteamericana y yo.

—El dinero —respondió Ann—. Ellos lo tienen y tu lo necesitas.

Abrió la puerta para pasar y él la siguió con mansedumbre. ¡Qué bonita era, y qué eficiente! Demasiado eficiente. Sabía demasiado. Sabía de libros, de editores, de públicos y preferencias. Estaba en todo. Su empuje arrastraba a cuantos le rodeaban, y nunca era tan feliz como cuando tenía tres teléfonos sonando, ochenta cartas para contestar y diez llamadas a hacer. Ella había sabido convencerlo para que asistiera a la cita, y probablemente era también la responsable de que ese Crawford e Investigación Norteamericana quisieran tratar con él.

—Puede pasar, señorita Carter —dijo la recepcionista—; El señor Crawford la está esperando.

“Y ya ha echado su embrujo sobre la recepcionista”, pensó Vickers.

CAPITULO 6

George Crawford era tan corpulento que sus nalgas desbordaban la silla en la que estaba sentado. Hablaba con las manos cruzadas sobre la panza, sin cambios de tono, sin inflexiones; era el hombre más quieto que Vickers había visto hasta entonces. No había en él movimiento alguno: allí estaba sentado, enorme, estólido. No movía más que los labios, y eso apenas. Su voz era un susurro.

—He leído parte de su obra, señor Vickers —dijo—. Me ha impresionado mucho.

—Me alegro de saberlo —respondió Vickers.

—Hasta hace tres años no se me habría ocurrido leer una obra de ficción, menos aún hablar con el autor. Pero ahora resulta que necesito de alguien como usted. Lo he consultado con mis directores; Todos estamos de acuerdo en que usted es el hombre más indicado para el trabajo.



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