Se sentó en una vieja silla de oficina y llevó el bourbon a sus labios. Era el primero en admitir que lo había agraviado de niño. Pero durante varios años, había tratado de compensar a su hijo. Pero Nick era un hombre terco e inclemente. Lo mismo que había sido un niño atrevido e insolente.

Si Henry tuviese más tiempo, estaba seguro de que él y su hijo habrían llegado a algún tipo de comprensión. Pero ya no tenía tiempo, y Nick no lo hacía fácil. De hecho, Nick lo hacía condenadamente difícil.

Recordó a la madre de Nick, Benita Allegrezza, dando golpes en su puerta, afirmando que Henry había concebido al bebé de pelo negro que llevaba en los brazos. Henry había desviado su atención de la oscura mirada de Benita a los grandes ojos azules de su esposa, Ruth, que estaba de pie a su lado.

Lo había negado como al demonio. Por supuesto, sabía que en realidad había una buena probabilidad de que lo que afirmaba Benita fuera cierto, pero él había negado incluso la posibilidad. Aun si Henry no hubiera estado casado, nunca hubiera elegido tener un niño con una mujer vasca. Esa gente era demasiado morena, demasiado volátil y demasiado religiosa para su gusto. Quería bebés blancos, de pelo rubio. No quería que sus hijos se confundieran con “espaldas mojadas”. Oh, sabía que los vascos no eran mejicanos, pero para él todos eran iguales.

Si no hubiera sido por el hermano de Benita, Josu, nadie hubiera sabido de su lío con la joven viuda. Pero ese bastardo amante de las ovejas había tratado de chantajearle para que reconociera a Nick como hijo suyo. Pensó que Josu alardeaba cuando el hombre se plantó en su puerta y amenazó con decir a toda la gente del pueblo que Henry se había aprovechado de su afligida hermana y la había dejado preñada. Había ignorado la amenaza, pero Josu no alardeaba. De nuevo Henry negó su paternidad.

Sin embargo, cuando Nick tenía cinco años, parecía tanto un Shaw que ya nadie creía a Henry. Ni siquiera Ruth. Ella se había divorciado de él y se había llevado la mitad de su dinero.



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