Pero un día, infringiendo el tácito convenio, Van Branden, después de despedirse de su amiga, de regreso a su cuarto se encontró con Maqroll que salía y, tomándolo del brazo, cosa que al Gaviero molestó notoriamente, le comentó de sopetón, mientras una expresión lúbrica y porcina le invadía el rostro y entrecerraba sus ojos saltones: -¡Estas mujeres del trópico! ¡Qué temperamento y qué gracia! ¿No lo cree usted?- El Gaviero se zafó discretamente de la garra que lo retenía y prefirió no hacer comentario alguno, contentándose con insinuar una sonrisa que no intentaba asentir ni rechazar las palabras del belga. Tenía, más bien, cierta dosis de asombro.

Por entonces fue cuando Maqroll aceptó la propuesta de Van Branden para trabajar en las obras de la cuchilla del Tambo. No solía el belga hablar mucho a este respecto. Apenas, cuando le llegaba alguna correspondencia, comentaba a su compañero de pensión, siempre de manera imprecisa y pasajera, sobre los planes de la vía y su trazado. Pero un día invitó a Maqroll a la cantina para almorzar. Se trataba de comer un sancocho de pescado que servían allí en ocasiones y que, en verdad, preparaba doña Empera en su casa. Cuando estaba listo, el dueño enviaba por él para ofrecerlo a sus comensales. El plato se había convertido en La Plata en una ceremonia destinada a celebrar alguna fecha excepcional. En esta oportunidad, explicó Van Branden, se trataba del comienzo efectivo y concreto de las obras en la cuchilla del Tambo. En el próximo barco, llegarían los ingenieros y el personal a cuyo cargo iba a estar la tarea. Con ellos venía también el primer cargamento de equipo técnico y maquinaria pira la obra. -He pensado en usted -le comentó Van Branden mientras se debatían con el sancocho hirviendo, en el ambiente, ya de por sí bastante caldeado, de la cantina- para un trabajo que exige mucha confianza y que no encargaría a ninguna de las personas que he conocido por estos rumbos. Se trata, mi querido amigo -el nuevo tratamiento alarmó al Gaviero más que halagarlo; él conocía su gente- de subir en mulas, hasta la cuchilla del Tambo, las cajas con maquinaria, muy delicada y costosa, que se necesita allá para los cálculos y trazado de la vía. Dispongo de una suma interesante para pagar ese trabajo. Usted podría hacerlo con la eficiencia y la discreción indispensables en este caso.



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