
– Siempre hablan de más, señora -comentó el Gaviero. Tres o cuatro veces había pasado por allí en busca de un lugar en donde detener sus pasos y las mujeres con las que había estado, hembras de ocasión, de rostro anónimo y ningún rasgo memorable de carácter, no merecían haber despertado la curiosidad de doña Empera-. Nunca les dejo mucho de qué hablar y tal vez por eso se quedan imaginando tonterías.
– Puede ser eso -repuso ella no muy convencida-. A mí lo que me importa es que usted es persona de fiar y merece mi confianza. El resto vaya el diablo y averigüe. Los ciegos sabemos más sobre la gente que los que tienen ojos para ver y no ven. Cuando nos engañan es porque queremos y dejamos que lo hagan. Usted, que ha vivido tanto, me comprenderá.
La dueña se despidió y Maqroll se quedó ordenando sus cosas e instalándose en su habitación. Cuando terminó de hacerlo, la mujer regresó y él fue indicándole cada objeto y el lugar que ocupaba.
– No es mucho lo que trae -comentó la dueña con cierta curiosidad no exenta de compasión.
– Lo indispensable, señora, sólo lo indispensable -contestó el Gaviero tratando de dar fin al diálogo.
– Y esos libros ¿también son indispensables? -le preguntó doña Empera con esa sonrisa desvaída con la que los ciegos tratan de hacerse perdonar su curiosidad-. ¿Sobre qué son? -insistió con franco interés que no dejó de intrigar al Gaviero.
– Uno es la vida de san Francisco de Asís, escrita por un danés; ésta es la traducción francesa. El otro, en dos tomos, contiene las cartas, también en francés, del Príncipe de Ligne. En ellas se aprende mucho sobre la gente, en especial sobre las mujeres. -La curiosidad de la ciega merecía, exigía casi, esos detalles por parte del lector y dueño de los libros.
