
Y así fue. Astuko escribió la historia de cómo Kokoro, ahora adolescente, tras leer el libro había cambiado su actitud ante la vida y se mostraba con más fuerza interior para afrontar el desafío de vivir a pesar de su enfermedad.
Recuerdo que cuando vi a Kokoro con su familia sentía que aquella niña era, literalmente, un ángel. Un ser sumamente especial, lleno de luz y de amor. No por casualidad Kokoro, en japonés, se puede traducir como «corazón» o «alma». Ese nombre reflejaba con claridad a aquella joven de mirada serena y profunda.
El destino nos había reunido y la generosidad de Kokoro, de su hermana Sara y de sus padres se había traducido en un pequeño osito de ropa cosido con retales de los vestidos que la pequeña Kokoro había llevado en sus primeros días de vida. Todo gracias a la generosidad de un médico que quiso dar esperanza, mediante el color en el vestido de su bebé, a unos padres ante una situación de enorme dolor e incertidumbre.
Cada un da lo que recibe.
Luego recibe lo que da.
Nada es más simple.
No hay otra norma.
Nada se pierde.
Todo se transforma.
Así reza el maestro Jorge Drexler en Todo se transforma, una de las canciones más bellas que jamás he escuchado. Este libro sigue el aforismo de Jorge. Decidimos escribirlo un día que conté esta historia a Francesc Miralles, amigo del alma y coautor del libro que tienes en las manos. Le dije: «Quisiera contar una historia que navegue por las principales dimensiones del amor, Francesc. Una historia hecha de retales de amor para la esperanza, la belleza y la generosidad, un libro para las buenas personas. Un relato inspirado en una historia de amor que nace en Japón y acaba en España».
