
En realidad, su físico hubiese sido agradable de no ser por dos peculiaridades: la nariz, que se había roto en la infancia a consecuencia de una caída, era plana, como si un gigante la hubiera aplastado; y sus ojos marrones, grandes y expresivos, brillaban con la astuta brutalidad característica de sus antepasados campesinos.
Con todo, si bien esos hombres habían sido taciturnos y sagaces, Guido era estudioso y estoico; si bien ellos habían luchado contra los elementos de la naturaleza, él se entregaba con pasión a cualquier sacrificio por el bien de su música.
En resumen, las maneras o el físico de Guido distaban mucho de ser vulgares. Al contrario, tomando como modelo a sus maestros, puso todo su empeño en adquirir un porte elegante, así como en impregnarse de la poesía, el latín y el italiano clásico que le enseñaban.
De este modo se convirtió en un joven cantante de presencia imponente cuyos rasgos primitivos le conferían un perturbador poder de seducción.
Durante toda su vida, algunos dirían de él «qué feo es», mientras que otros afirmarían «pero si es hermosísimo».
Sin embargo, había una característica de la que no era consciente: emanaba amenaza. Su familia había sido más brutal que las bestias que criaba y él tenía el aspecto de alguien capaz de hacer daño. Se debía a su mirada apasionada, la nariz aplastada, la boca exuberante, la suma de todo ello.
Así, sin advertirlo, una coraza protectora fue envolviéndolo. Nadie osaba intimidarle.
Aun así todos los que le conocían lo apreciaban. Los chicos normales le tenían tanto afecto como sus compañeros eunucos. Los violinistas lo adoraban porque percibían la fascinación que todos y cada uno de ellos ejercían sobre Guido y porque éste les escribía una música exquisita. De esta forma se labró fama de tranquilo y pragmático, se convirtió en el dulce cachorro de oso al que, cuando se le conocía, no había por qué temer.
