Su trabajo le encantaba porque hacía que se sintiera realizada, suponía una contribución económica a la familia y le permitía trabajar en casa sin que interfiriese en el cuidado de los hijos. Debido a todo ello, llevaba una especie de doble vida. Durante el día era una madre y esposa devota, además de cuidadora y, por la noche, era una resuelta escritora. Tanya solía decir que para ella escribir era tan necesario como el aire que respiraba, por lo que su ocupación resultaba perfectamente adecuada. Sus artículos y cuentos habían recibido buenas críticas y una calurosa acogida a lo largo de los años. Peter siempre decía que estaba enormemente orgulloso de ella y le mostraba todo su apoyo, aunque de vez en cuando se quejaba de lo mucho que trabajaba por las noches y de lo tarde que se iba a la cama. Pero también apreciaba que el trabajo nunca se interpusiera en sus ocupaciones de madre o en su dedicación como esposa. Tanya era una de esas pocas mujeres con talento que todavía anteponían su familia a su trabajo, y así había sido siempre.

El primer libro de Tanya fue una recopilación de ensayos que giraban principalmente en torno a cuestiones femeninas. Había sido publicado por una pequeña editorial de Marin a finales de los ochenta y quienes lo habían reseñado eran mayoritariamente desconocidas críticas literarias feministas que estaban de acuerdo con sus teorías, planteamientos e ideas. El libro de Tanya no era rabiosamente feminista, pero estaba escrito desde una perspectiva lúcida e independiente; era el tipo de libro que se espera de una mujer joven. Su segundo libro, publicado al cumplir los cuarenta, es decir, dos años atrás y dieciocho años después del primero, era una antología de cuentos que había publicado una editorial de primera línea. Había obtenido una crítica excepcional en The New York Times Book Review. Para Tanya supuso una inmensa alegría.



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