Seguían siendo tres palabras, pero a lo mejor tenía que cambiar el orden.

Contento, pero jodido.

La gallega me había echado de su casa después de dos meses de romance desganado. Y para asegurarse de que no volvería a enredarla con lo que ella llamaba mi «labia argentina», me había reemplazado en su cama y en su vida por un negro africano de dos metros largos y cara de caníbal.

Jodido.

Yo la había visto venir y ya tenía preparado un plan B.

Contento.

En medio año que llevaba en Madrid no había escrito una línea y el portátil pesaba en la mochila como una culpa.

Jodido.

Ahora iba a tener dos meses de tranquilidad para escribir mi gran obra.

Contento.

Cada viernes, desde que llegué, me plantaba en Correos para preguntar si había una carta a mi nombre. Una carta de Ella pidiendo que volviera.

Jodido.

Estaba seguro de que ese viernes sí habría carta.

Contento.

Subí las escaleras y el guardia de seguridad me estudió entre bostezos. Cuando llegué al mostrador de lista de Correos, la empleada me miró con pena. No la conocía, pero seguro que entre ellos se contaban la historia del pobre pelotudo argentino que todos los viernes venía a buscar una carta a nombre de Nicolás Sotanovsky. Supuse que comentarían que yo no tenía edad para ese anacronismo postal en la era de los correos electrónicos, y que adjudicarían el origen de mi tradición semanal a un romanticismo digno de elogio o de burla.

Ese viernes, tampoco tenía carta de Ella.

Jodido.

Al salir me senté en un escalón y saqué un cigarrillo. Busqué el encendedor en el bolsillo y tropecé con las llaves. Eso me devolvió la confianza: casa nueva, vida nueva. Y esta vez para mí solo. La dueña, una tal Noelia, no volvía hasta octubre, me había dicho el tipo que me traspasó el encargo de regar las plantas y cuidar la casa. Él le avisaba si lo llamaba por teléfono, pero «con Noelia no hay problema, es una tía guay».



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