– Netta, por favor…

– A tu edad yo tenía…

– Un marido y cinco hijos -le recordó Minnie.

– Es cierto, pero… bueno, eso fue hace mucho tiempo.

– Estoy muy bien sin un hombre -insistió Minnie.

– Tonterías. Ninguna mujer es feliz sin un hombre.

– Y si quisiera uno, no sería Charlie. No soy una asaltacunas.

– Desde luego que no. Pero puedes hacer que te escuche. ¿Dónde ha ido esta noche? No lo sé. Aunque podría asegurar que anda en malas compañías.

– Y yo estoy segura de que cuando llegues a casa lo encontrarás con una expresión de niño tímido y culpable.

– Entonces me voy. Y le diré que debería avergonzarse por preocupar a su madre de esta manera.

– Yo también se lo diré. Vamos, te acompaño.

El hogar de Minnie se encontraba en la tercera planta y daba al patio. Algunos de los otros pisos también estaban ocupados por miembros de la familia Manfredi, porque siempre les había gustado vivir en cercanía. Luego subieron la escalera de hierro que recorría la fachada del edificio que daba al patio y llegaron a la cuarta planta, donde estaba el piso que Netta compartía con su marido, su hermano y Charlie, el hijo menor que, por cierto, no estaba en casa.

– Pronto llegará. Está probando sus alas, como todos los jóvenes.

Minnie besó a su suegra y volvió a su pequeño apartamento. Como siempre, estaba muy silencioso. Desde el día que su joven marido había muerto en sus brazos.

De pronto, se sintió muy cansada. La charla con Netta le había hecho recordar cosas en las que normalmente intentaba no pensar.

Minnie sonrió a la fotografía de Gianni para encontrar el consuelo que siempre sentía al mirarlo. Sin embargo, esa vez no lo consiguió.

La mesa de la cocina estaba llena de papeles. Sin mayor entusiasmo, se sentó con la intención de acabar su trabajo pero, incapaz de concentrarse, fue un alivio oír el timbre del teléfono.



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