
No era el fin del mundo. Algún día lo conseguiría. Algún día terminaría la cocina. Algún día pondría los baldosines del baño, y arreglaría el comedor. Lo haría porque tenía que hacerlo. Aquella casa era imposible venderla en las condiciones que estaba. Ya lo había intentado.
La gente podía mirar mal un papel pintado de hacía veinte años, pero existía el reto de que la casa resultara atractiva tal y como era. Sin embargo, una casa a medio arreglar simplemente se encontraba con el rechazo frontal de la gente.
Si Mike hubiera sido capaz de haber terminado algo antes de empezar con lo siguiente… Pero él había sido así. Siempre había un mañana. Solo que se quedó sin «mañanas»…
– ¡Mamá! ¡Clover lo está consiguiendo!
Clover tenía nueve años y crecía a toda prisa, como una mala hierba. Se había subido al manzano y, desde allí, había saltado al muro del que estaba colgada cuando su madre llegó.
– ¡Clover O'Neill, baja ahora mismo de ahí!
Desde la altura miró a su hermana y le dijo algo desagradable, pero acabó por hacer lo que le decían y se dejó caer al suelo, aplastando un par de dedaleras en el proceso.
– Lo siento -dijo la niña, mientras trataba de reparar el daño enderezándolas.
Stacey suspiró, arrancó las flores aplastadas y apretó la tierra que rodeaba las plantas. La ventaja de plantar lo que para la mayoría de los vecinos no eran sino malas hierbas era que podían resistir los envites de dos niñas.
– ¿Cómo se te ha ocurrido subirte ahí arriba?
– Dijiste que no te molestáramos mientras arreglabas la puerta, así que iba a recoger la pelota yo misma -dijo Clover, como si fuera lo más razonable del mundo. Clover podría haber ganado una medalla olímpica solo aludiendo «razones» de por qué se la merecía.
