
Desde este carrusel hormonal y vital al que de pronto me encuentro subida, no me veo capaz de escribir de otra cosa que no sea lo que estoy viviendo. Ahora, no esperes tú ni espere quien lea esto encontrarse con una autobiografía o un diario al uso. Estas palabras están desprovistas desde el principio de la intención de querer convencer a la ajena voluntad de la veracidad de su contenido: no pienso ser fiel a la realidad, entre otras cosas porque dicho propósito sería imposible, ya que la realidad es multiforme y la memoria una farsante que interpreta el pasado según le da la gana, lo cual quiere decir que aunque una albergue la firme intención de contar las cosas tal y como fueron, siempre acabará contándolas tal y como las recuerda, que no es lo mismo.
Cualquiera se encuentra un día, hablando con sus hermanos o familiares, con que cada uno de los asistentes a un mismo momento (pongamos como ejemplo una cena de Navidad) recuerda un episodio distinto pese a que todos, en teoría, compartieron el mismo: Era pavo. No, te digo que era pollo. Qué va, cenamos lenguado, estoy segura. ¿Cómo vamos a cenar lenguado, desde cuándo hemos cenado lenguado en esta casa? Y la que se emborrachó y dijo aquellas tonterías fue mamá, no la tía Reme. ¡Pues claro que fue la tía Reme, que se arrancó a cantar tangos como una descosida, si además tu madre casi no bebe! Y así hasta el infinito…
