
– Sólo para darles una idea general -les explicaba.
Porque, desde luego, alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar a cabo su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y felices miembros de la sociedad, a ser posible. Porque los detalles, como todos sabemos, conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente males necesarios. No son los filósofos sino los que se dedican a la marquetería y los coleccionistas de sellos los que constituyen la columna vertebral de la sociedad.
– Mañana -añadió, sonriéndoles con campechanía un tanto amenazadora- empezarán ustedes a trabajar en serio. Y entonces no tendrán tiempo para generalidades. Mientras tanto…
Mientras tanto, era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia personificada al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.
Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no hablaba, por sus labios regordetes, de curvas florcadas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo.
En todo caso la cuestión no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford, a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.
– Empezaré por el principio -dijo el director.
Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de notas: Empieza por el principio.
– Esto -siguió el director, con un movimiento de la mano- son las incubadoras. -Y
abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo numerados-. La provisión semanal de óvulos -explicó-. Conservados a la temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos -y al decir esto abrió otra puerta- deben ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar de treinta y siete.
