Al oír aquello, Daphne sintió cierta envidia. Ella siempre había querido encontrar a un hombre que la amara con todo su corazón, pero no había tenido suerte.

– Así que tú eres el único que queda soltero.

– Sí, algo que me recuerdan todos los días -contestó Murat haciendo una mueca de disgusto.

– ¿Te están presionando para que te cases y tengas un heredero?

– No te puedes ni imaginar.

– Creo que ha llegado el momento de que hablemos de Brittany y de por qué vuestra unión jamás funcionaría.

– Eres una mujer difícil y testaruda.

– Si tú lo dices.

– Hablaremos de tu sobrina cuando yo así lo decida.

– No tienes elección.

– Por supuesto que la tengo. Además, a ti no te apetece hablar de Brittany ahora mismo. Tú lo que quieres es hablarme de ti, contarme lo que has estado haciendo durante estos últimos años. Tú lo que quieres es impresionarme.

– Te equivocas.

Murat enarcó una ceja y esperó. Daphne se revolvió incómoda en el sofá. Sí, era cierto que se moría por impresionarlo con todo lo que había hecho, pero no le gustaba que Murat se hubiera dado cuenta de sus intenciones.

– Venga, Daphne -la animó Murat acercándose a ella-. Cuéntamelo todo. ¿Terminaste la universidad? ¿Y en qué trabajas? -añadió tomándole la mano izquierda entre las suyas-. Veo que no le has entregado tu corazón a nadie.

A Daphne no le gustó aquello, y todavía menos le gustaban los escalofríos que recorrían su espalda cuando Murat la tocaba.

– No estoy casada, pero no voy a hablar contigo de mi corazón porque no es asunto tuyo.



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