
– Llévate mi coche -le sugirió él-. No voy a salir.
– Es demasiado grande. La última vez que me lo llevé, fue como si pilotara un barco -dijo la mujer.
– Como quieras -dijo él.
Los coches, el Buick Park Avenue de él y el Toyota Camry de ella, compartían el garaje trasero de la casa, una estructura de imitación Tudor, con fachadas estucadas, sita en Colonial Road, entre las Calles 68 y 69 de Bay Ridge, en Brooklyn. Francine puso en marcha el Camry, salió del garaje en marcha atrás, pulsó el control remoto para cerrar la puerta y siguió reculando hasta la calle. En el primer semáforo en rojo puso una casete de música clásica. Beethoven, uno de los últimos cuartetos. Escuchaba jazz en casa, era la música favorita de Kenan, pero lo que ponía cuando conducía era siempre música de cámara.
Francine era una mujer atractiva, de un metro setenta de estatura, unos cincuenta y siete kilos, de hombros anchos, cintura estrecha y caderas elegantes. Su cabello oscuro era brillante y rizado, peinado hacia atrás.
Ojos oscuros, nariz aguileña. Una boca generosa, de labios carnosos.
La boca aparece siempre cerrada en las fotografías. Imagino que tenía unos incisivos superiores prominentes y dientes superiores excesivamente largos. La preocupación por este rasgo le impedía sonreír mucho. En las fotografías de su casamiento aparece radiante y resplandeciente, pero los dientes siguen sin verse.
Su tez era olivácea y la piel profunda y prematuramente tostada por el sol. Ya tenía un principio del bronceado estival; ella y Kenan habían pasado la última semana de febrero en la playa de Negril, en Jamaica. Se habría bronceado más, pero Kenan la hacía ponerse debajo del parasol y limitaba su tiempo de exposición a los rayos solares.
– No es bueno. Estar demasiado bronceada no es atractivo. Estar tirada al sol es lo que convierte una ciruela jugosa en una ciruela pasa -le decía.
