
El banco no era el único edificio que se había reducido a cenizas misteriosamente.
Sus tasas de interés eran escandalosas, y poco a poco empezó a amasar más tierras y propiedades cuando las personas no pagaron lo de sus préstamos. Cuando la depresión golpeó más duro, ejecutó la hipoteca de docenas de negocios en todo el condado mientras conservaba a los propietarios originales para continuar trabajando el sueldo, pagándoles solo lo justo para mantenerlos donde estaban, y para que no tuvieron ningún otro lugar a donde irse. Les dijo eso cuando la economía mejoró, que les vendería su parte del negocio, y las personas le creyeron siempre.
Nunca, como fuere, nunca mantuvo su promesa. Al final controló una parte bastante extensa de la economía del condado, y abusó de su influencia en todos los sentidos imaginables.
Me gustaría decirles a ustedes que tuvo una muerte terrible al final, pero no. Se murió de vejez – acostado con su amante en su yate de las Islas Caimán. Había sobrevivido tanto a sus esposas como a su único hijo. Buen final para un tipo como él, ¿no?
La vida, he aprendido, no es tan justa. Si a las personas les enseñaran algo miportante en la escuela, debería de ser eso.
Pero de regreso a la historia… Hegbert, en cuanto se dio cuenta de lo bastardo que mi abuelo realmente era, dejó trabajar para él y entró de Ministro, volvió a Beaufort y luego empezó a atender la misma iglesia a la que asistimos. Pasó su primer año perfeccionando su acto de fuego – y – azufre con sermones mensuales sobre los males del avaro, y eso le dejó tiempo insuficiente para otras cosas. Él tenía cuarenta y tres antes de casarse, tenía cincuenta y cinco cuando su hija, Jamie Sullivan, nació.
Su esposa, una pequeña mujercita veinte años más joven que él, sufrió seis abortos espontáneos antes de que Jamie naciera, y al final se murió en el parto, haciendo de Hegbert un viudo que tuvo que criar una hija él solo.
