
Las personas saludaban con la mano desde sus automóviles siempre que veían a alguien en la calle ya fuera que lo conocieran o no, y el aire olía a pino, sal y mar, un olor único de Carolina. Para muchas de las personas allí, pescar en Pamlico o sacar cangrejos del río Neuse era un estilo de vida, y los botes eran amarrados donde quiera que fuera parte de la Vía Navegable Intracostal. Solamente tres canales recibía el televisor, aunque la televisión nunca fue importante para la mayoría de los que crecimos allí. En vez de eso nuestras vidas estaban centradas en las iglesias, de las cuales había dieciocho y eso tan solo dentro de los límites de pueblo. Se ordenaban por nombres como la Iglesia de Asociaciones Cristianas, la Iglesia de las Personas Perdonadas, la Iglesia de el Domingo de Expiación, y también, por supuesto, estaban las iglesias Bautistas. Cuando yo crecí, las Bautistas eran las más populares, y había iglesias Bautistas en prácticamente cada esquina del pueblo, aunque cada una se consideraba superior a las otras. Había iglesias Bautistas de todo tipo – Bautistas voluntarios, Bautistas del Sur, Bautistas Congregacionales, Bautistas Misioneros, Bautistas Independientes… Bueno, ustedes me entienden.
Entonces, el evento grande del año fue patrocinado por la Iglesia Bautista del Centro Sureño, si ustedes realmente quieren saber – en conjunto con la preparatoria local. Cada año hacían su desfile de Navidad en la Casa de Juegos de Beaufort, que era en realidad una obra dramática que había sido escrita por Hegbert Sullivan, un Ministro que había estado en la iglesia desde que Moisés separó el Mar Rojo. Está bien, tal vez no era tan viejo, pero si era tan viejo que casi se podía ver a través de su piel. Estaba más bien sudado todo el tiempo, y era traslúcido – los niños juraban que veían la sangre fluir a través de sus de venas – y su pelo era tan blanco como esos conejitos que se ven en las tiendas de mascotas en tiempos de Pascua.