Luego hubiese hecho aquello de mover la pistola a un lado y otro en cada habitación, con el cuerpo agachado y preparado para lo peor. Pero Myron no llevaba armas. No es que no le gustasen -cuando había problemas prefería tener una a mano-, pero un arma abulta bastante y molesta como un condón de fieltro. Y eso sin tener en cuenta que para la mayoría de sus posibles clientes, un agente deportivo inspira poca confianza si va armado, y a los que les parece adecuado, bueno, Myron prefería no tenerlos como clientes.

Win, en cambio, siempre llevaba armas, como mínimo dos, además de un prodigioso popurrí de armas ocultas. Era como un Israel con patas.

El apartamento consistía en tres habitaciones y una cocina. Las recorrieron deprisa. Nadie. Y ningún cuerpo.

– ¿Falta algo? -preguntó Myron.

Ella lo miró, enfadada.

– ¿Cómo demonios quieres que lo sepa?

– Me refiero a algo que destaque. El televisor está, también el vídeo. Quiero saber si crees que es un robo.

Ella echó una ojeada a la sala de estar.

– No. No tiene pinta de ser un robo.

– ¿Alguna idea de quién lo hizo o por qué?

Brenda meneó la cabeza, asombrada todavía por aquel desorden.

– ¿Escondía dinero en alguna parte? ¿En una caja de galletas, debajo de una tabla del suelo o algo así?

– No.

Comenzaron por la habitación de Horace. Brenda abrió el armario. Miró el interior durante un rato sin articular palabra.

– ¿Brenda?

– Falta mucha de su ropa -dijo ella en voz baja-. También la maleta.

– Eso es bueno -opinó Myron-. Significa que con toda probabilidad ha escapado; hace menos probable que se haya encontrado con problemas.

Ella asintió.

– Pero es siniestro.

– ¿Por qué?

– Es lo mismo que con mi madre. Todavía recuerdo a papá aquí, mirando las perchas vacías.



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