Norm descartó las palabras con un gesto.

– Demasiado obvio.

– ¿Qué?

– Ella nunca aceptará. Vale, Myron, ¿qué sabes de Brenda Slaughter?

– No mucho -admitió él.

Norm pareció sorprendido.

– ¿Qué quieres decir con no mucho?

– ¿Cuál es la palabra que no entiendes, Norm?

– Por todos los santos, tú eras jugador de baloncesto.

– ¿Y?

– Pues que Brenda Slaughter es posiblemente la mejor jugadora de baloncesto femenino de todos los tiempos. Una pionera en su deporte, además de la belleza emblema, y perdona por la insensibilidad política, de mi nueva liga.

– Todo eso ya lo sé.

– Pues entérate bien de esto también: estoy preocupado por ella. Si algo le ocurriese a Brenda, toda la WPBA, y mi considerable inversión, podría irse inmediatamente por el retrete.

– Vaya, ahora te mueven razones humanitarias.

– De acuerdo, soy un codicioso cerdo capitalista. Pero tú, amigo mío, eres un agente deportivo. No existe mente más codiciosa, traidora, rastrera y capitalista.

Myron asintió.

– A mí me la suda -dijo-. No es más que trabajo.

– No me has dejado acabar. Sí, eres agente deportivo. Pero uno muy bueno. En realidad, el mejor. Tú y aquella tía española hacéis un trabajo excelente por vuestros clientes. Obtenéis lo mejor. Más de lo que se merecen. Cuando acabaste conmigo, me sentí violado. No te miento, así eres de bueno. Entraste en mi despacho, me arrancaste la ropa e hiciste conmigo lo que quisiste.

Myron torció el gesto.

– Por favor.

– Pero conozco tu pasado secreto con los federales.

Vaya secreto. Myron aún tenía la ilusión de cruzarse con alguien por encima del Ecuador que no lo supiese.

– Escúchame un segundo, Myron, ¿vale? Brenda es una chica preciosa, una fantástica jugadora de baloncesto, y un grano en mi nalga izquierda. No la culpo. Si yo hubiese crecido con un padre como el suyo, yo también sería como un grano en el culo.



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