
– Recibe llamadas telefónicas -prosiguió Norm-. Un coche la siguió. Ese tipo de cosas.
– ¿Qué quieres que haga?
– Vigilarla.
Myron meneó la cabeza.
– Aunque dijese que sí, cosa que no he hecho, dijiste que no está dispuesta a tolerar la presencia de guardaespaldas.
Norm sonrió y palmeó la rodilla de Myron.
– Ésta es la parte en que yo te pesco. Como un pez en el anzuelo.
– Una analogía original.
– En este momento, Brenda Slaughter no tiene agente.
Myron no dijo nada.
– ¿Se te ha comido la lengua el gato, guapo?
– Creía que había firmado un contrato exclusivo con Zoom.
– Estaba a punto de hacerlo cuando desapareció su viejo. Era su representante. Pero ella se lo quitó de encima. Ahora está sola. Confía en mi juicio, hasta cierto punto. Permíteme que te diga que esta chica no es ninguna tonta. Así que éste es mi plan: Brenda llegará aquí dentro de un par de minutos. Te recomendaré a ella. Ella dice hola. Tú dices hola. Luego le das con tu famoso encanto Bolitar.
Myron arqueó una ceja.
– ¿Con toda la fuerza?
– Cielos, no. No quiero ver a la pobre chica desnudarse.
– Presté juramento sobre que sólo utilizaría mis poderes para hacer el bien.
– Eso está muy bien, créeme.
Myron siguió sin estar convencido.
– Incluso si aceptase seguir con esta locura, ¿qué pasa con las noches? ¿Esperas que la vigile las veinticuatro horas del día?
– Por supuesto que no. Win te ayudará con esa parte.
– Win tiene cosas mejores que hacer.
– Dile a ese niño bonito que se trata de mí -dijo Norm-. No podrá negarse, me ama.
Un fotógrafo agitadísimo se acercó a la carrera hasta su altura. Llevaba perilla y el pelo rubio erizado como Sandy Duncan en un día libre. Ducharse no parecía ser aquí una prioridad. Suspiró varias veces, para asegurarse de que todos en la vecindad supiesen que era importante y le estaban dejando de lado.
