
– Bueno, bueno -dijo Brenda-. Myron Bolitar.
Norm hizo un gesto como si los estuviese empujando para que se acercasen.
– ¿Vosotros dos os conocéis?
– Oh, estoy segura de que el señor Bolitar no se acuerda de mí -contestó Brenda-. Fue hace mucho tiempo.
A Myron sólo le llevó unos pocos segundos. Su cerebro comprendió de inmediato que de haber conocido a Brenda Slaughter antes, sin duda lo recordaría. El hecho de que no lo recordase significaba que su anterior encuentro había sido en circunstancias muy diferentes.
– Solías esperar junto a la pista -dijo Myron-. Con tu padre. Debías de tener unos cinco o seis años.
– Y tú acababas de entrar en el instituto -añadió ella-. El único chico blanco que nunca faltaba. Conseguiste que el equipo de Livingston High fuera campeón del estado, jugaste en la All-American Basketball Alliance al entrar en Duke, te escogieron para los Celtics en primera ronda…
Su voz se detuvo. Myron ya estaba habituado.
– Me halaga que lo recuerdes -dijo.
Ya la estaba hechizando con su encanto.
– Crecí viéndote jugar -continuó ella-. Mi padre siguió tu carrera como si fueses su propio hijo. Cuando te lesionaste…
Ella se interrumpió de nuevo, y apretó los labios.
Él sonrió para demostrar que comprendía y apreciaba el sentimiento.
Norm se apresuró a romper el silencio.
– Pues Myron es ahora agente deportivo. Uno muy bueno. En mi opinión, el mejor. Justo, honesto, fiel como nadie… -Norm se interrumpió de golpe-. ¿Acabo de utilizar esas palabras para describir a un agente deportivo?
Meneó la cabeza.
El Sandy Duncan con perilla apareció de nuevo. Habló con un acento francés que sonaba tan real como el de Pepe la Mofeta.
