
– Tu padre y yo tenemos que hablar de ciertos asuntos. ¿Nos concedéis un par de días?
– Claro.
Lisa retiró la mano y se reclinó en su asiento.
– ¿No te importa, Michael? -preguntó Bess.
– Por supuesto que no.
Bess dejó la servilleta sobre la mesa y empujó su silla hacia atrás.
– Entonces ya te llamaré. O lo hará papá.
– Perfecto, pero todavía no te vas, ¿verdad? Falta el postre…
– Es tarde. Mañana tengo que madrugar.
– Ni siquiera son las ocho…
– Lo sé, pero…
Bess se levantó y se sacudió unas migas de la falda. Ansiaba escapar de allí, analizar sus sentimientos, dar rienda suelta a su ira.
– Papá, probarás el postre, ¿verdad? He comprado una deliciosa tarta francesa en Baker’s Square.
– Me temo que también debo marcharme, querida. Tal vez me pase por aquí mañana por la noche para que me sirvas una ración.
Michael se puso en pie, seguido por Lisa, y todos permanecieron parados un instante, incómodos, simulando con buenos modales que no se trataba de una escena en la que los padres escapaban aturdidos por el anuncio de que su hija estaba embarazada y planeaba una boda precipitada, fingiendo que era una simple y cortés despedida.
– Bien, os traeré los abrigos -dijo Lisa con una sonrisa trémula.
– Ya lo hago yo, cariño -se ofreció Mark.
En la puerta de entrada, Mark puso el abrigo a Bess y después entregó el suyo a Michael. Los dos hombres se miraron sin saber qué decir o hacer. Por fin Michael tendió la mano y Mark se la estrechó.
– Hablaremos pronto -dijo Michael.
– Gracias, señor.
Más incómodo aún, Mark se volvió hacia Bess.
– Buenas noches, señora Curran.
– Buenas noches, Mark.
El joven vaciló, y Bess acercó su mejilla a la suya. En el reducido recibidor, Michael abrazó a Lisa y dejó solas a madre e hija para que se desearan las buenas noches.
