
El terror atenazó su corazón y anudó su estómago. No podía imaginar su vida sin Jonas en ella. Era arrogante, mandón y siempre quería hacerlo todo a su manera, pero también era el más protector y cariñoso de los hombres que había conocido nunca. ¿Cuántos años hacía que pasaba esto? ¿Cuántas veces arriesgaría él su vida antes de que fuesen demasiadas?
Mantente a salvo. Susurró en su cabeza, envió el mensaje a Jonas, envuelto en suaves y cálidos colores y esperó que esta simple petición no revelara demasiado. El viento se alzó con su miedo, con su furia cuando recibió otro destello de Jackson. Los dos hombres estaban subiendo por la escalera de incendios y Jonas flaqueaba. Su corazón vaciló cuando le vio caer.
Hannah. Nena. No creo que vaya a poder volver a casa contigo.
Su corazón casi se detuvo. Por un momento hubo un instante de calma en la tormenta y entonces la furia la atravesó y ella la dejó crecer, esa terrible necesidad de venganza estaba dentro de ella, estallando, destrozando toda restricción que mantenía tan cuidadosamente sobre sí misma. Incrementó el viento hasta un feroz extremo, una furia demoledora que corrió a través de la noche y cayó como un hambriento tornado en ese callejón oscuro tan, tan lejano.
El vendaval persiguió a los hombres con sus armas insignificantes que resultaban inútiles contra las fuerzas de la naturaleza. Violentas ráfagas destrozaron las ventanas e hicieron llover cristales. Tablas eran levantadas y tiradas como si un niño revoltoso tuviera una pataleta. La dulce y angelical Hannah lo dirigía, su ataque de furia envió a los enemigos de Jonas a estrellarse contra el suelo, impotentes bajo la acometida del viento e incluso del frío granizo.
