– Gracias por dejarme dibujar con usted -dijo la niña en tono cortés.

En sus ojos bailaba una sonrisa, y la melancolía que detectó en ellos lo conmovió profundamente.

– Lo he pasado muy bien -repuso sinceramente antes de tenderle la mano con cierta timidez-. Por cierto, me llamo Matthew Bowles.

La niña le estrechó la mano con aire solemne, y el pintor quedó impresionado ante sus buenos modales. Era un personaje notable, y se alegraba de haberla conocido.

– Yo me llamo Pip Mackenzie.

– Qué nombre tan interesante. ¿Es abreviatura de algo?

– Sí, por desgracia -exclamó ella con una risita que le confirió un aspecto mucho más acorde con su edad-. De Phillippa. Me lo pusieron por mi abuelo. ¿No le parece espantoso?

Al decir aquello hizo una mueca desdeñosa que arrancó una sonrisa a Matthew. Era irresistible, sobre todo con aquellos rizos cobrizos y las encantadoras pecas. Ya ni siquiera sabía a ciencia cierta si le gustaban los niños; a decir verdad, por lo general los rehuía. Sin embargo, aquella niña era diferente, poseía algo mágico.

– Pues lo cierto es que me gusta. Phillippa… Puede que algún día a ti también llegue a gustarte.

– No lo creo, es un nombre estúpido. Prefiero Pip.

– Lo recordaré la próxima vez que nos veamos -aseguró él con una sonrisa.

Ambos parecían reacios a separarse.

– Vendré otra vez cuando mi madre vaya a la ciudad. Puede que el jueves.

De sus palabras dedujo que o bien se había escapado o bien se había escabullido inadvertida, pero al menos contaba con la compañía del perro. De pronto y sin razón aparente, Matthew se sentía responsable de ella.

Plegó el taburete y recogió la caja de pinturas vieja y gastada. Se puso el caballete también plegado bajo el brazo, y ambos se miraron durante un largo instante.



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