
Con cada paquete se sentía más incómoda. Ella siempre había sido más feliz dando que recibiendo. Pero él se estaba divirtiendo y ella no quería estropearle el momento. Así que todo fue más o menos bien hasta que abrió el último regalo. Era una caja pequeña de terciopelo negro, y dentro había un colgante de zafiro en forma de corazón, precioso.
– Will… no puedes hacer esto.
– Puedes cambiar lo que no te guste.
– No tiene nada que ver con el gusto. Es porque me has dado demasiados regalos y has gastado mucho dinero. Y no puedo aceptar algo así.
Tenía miedo de tocar la joya. La cadena de oro era muy delicada y los zafiros parecían tener vida propia.
– ¿Por qué?
– Porque yo no puedo hacerte a ti lo mismo.
Él también estaba rodeado de cajas. Laura le había comprado guantes y una bufanda que él se había puesto al cuello, ilusionado como un niño.
– Laura, de niño nunca tuve nada. Ahora tengo mucho dinero y no hay ninguna razón por la que no pueda gastarlo como más me guste. Y adoro sorprenderte. ¿Qué tiene de malo?
No era la primera vez que ella intentaba discutir el problema de su extravagancia, pero era imposible.
– Sorprenderme está bien. Las sorpresas son maravillosas, pero aceptar un colgante así es… diferente. Es demasiado caro. Y no quiero que pienses que tu dinero me importa.
El la miró divertido.
– Bueno, si ése es el único problema… Ya sé lo que opinas de mi dinero. Deberías haberme dejado que cambiara el tejado de esta casa si no fueras tan alérgica a un poco de ayuda. Y también deberías haberme dejado que cambiara tu vieja y oxidada lavadora. Casi me cortaste la cabeza cuando te arreglé los frenos del coche, ¿recuerdas? Pensé que ibas a estrangularme.
