– Su hermano -repitió ella. Estaba cerrando el bote de brillo, pero se le cayó de las manos. El que no llevaba traje se inclinó para recogerlo.

– Yo soy Ben Lockwood y éste es mi hermano Harry.

– ¿Lockwood? ¿Como el restaurante Lockwood?

En Gold River había muchos restaurantes, pero ninguno tan elegante como ése. El apellido Lockwood hablaba de dinero e influencias. Quizá por eso, Phoebe nunca se había encontrado con ellos.

El del traje contestó enseguida:

– Sí. Es el restaurante de Harry, el chef de la familia. Yo soy constructor y nuestro hermano pequeño se llama Fergus… Fergus es para quien queremos contratarla.

Phoebe arrugó el ceño. Hombres. Buscando una masajista. Para otro hombre. Lo uno más lo otro casi siempre daba como resultado que alguien pensara que la contrataba para algo más que dar masajes.

Pero no perdió el tiempo poniéndose a la defensiva; sencillamente, tomó sus cosas y salió de la sala. Los hombres la siguieron hasta la entrada del hospital.

– No sé por qué no me han llamado por teléfono, estoy en la guía. Si me hubieran llamado les habría dicho que yo sólo trabajo con niños.

Ben tenía una respuesta preparada:

– No hemos llamado porque temíamos que dijera que no. Y sabemos que trabaja con niños ahora, pero en el hospital nos dijeron que era usted fisioterapeuta, la mejor que habían visto nunca. Fergus se encuentra en una situación muy especial, así que esperábamos que hiciera una excepción…

Phoebe no pensaba darle masajes a un hombre adulto. A ninguno. No era por falta de valor, pero le habían roto el corazón y no pensaba arriesgarse de nuevo. Quizá en la próxima década pero, por el momento, sólo pensaba arriesgarse con niños.

Nada de eso era asunto de aquellos hombres, claro. Les dijo que no tenía tiempo y ellos se quedaron como si les hubiera echado un jarro de agua fría. Sin hacer caso de sus protestas, la siguieron hasta el aparcamiento como enormes cachorros guardaespaldas.



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