
– No puedo, de verdad.
– Sólo una vez. Te pagaremos quinientos dólares por media hora, ¿qué tal? Te juro que si decides que no puedes hacer nada, no volveremos a molestarte. Tienes nuestra palabra.
Insistieron e insistieron, intentando convencerla, chantajearla… Phoebe nunca había conocido a nadie que pudiera convencerla de nada, pero aquellos dos eran increíbles.
Si aceptaba un paciente masculino, podría volver a pasar lo que le pasó con Alan. Y no merecía la pena el riesgo.
– Lo siento, chicos, pero no -dijo con firmeza.
A las siete, Phoebe salía del garaje.
– No quiero oír ninguna queja -le dijo a sus perritas-. Una mujer tiene derecho a cambiar de opinión.
Ni Mop ni Duster discutieron. Mientras pudieran ir en la furgoneta sacando la nariz por la ventanilla, todo les daba igual.
– Vosotros quedaos a mi lado. Si algo huele mal, nos iremos corriendo. ¿De acuerdo?
De nuevo, ninguna de las dos respondió. Después de dos años, Phoebe no estaba segura de quién había rescatado a quién. Las dos cabecitas blancas rizadas aparecieron en su puerta cuando llegó a Gold River. Estaban sucias y desnutridas, abandonadas. Pero incluso entonces se portaban como si ella fuera la abandonada y ellas las que la adoptaban.
– Los hermanos Lockwood son muy simpáticos… Lo sé, lo sé, son hombres. ¿Y quién puede confiar en alguien lleno de testosterona? Pero, de verdad, la situación no es como yo creía. Parece que el otro hermano lo está pasando mal, de modo que, aunque no pueda hacer nada, me parecía horrible seguir diciendo que no.
De nuevo, las perrillas se quedaron en silencio. Las dos miraban por la ventanilla, con la lengua fuera, las orejas al viento, sin hacerle ni caso.
Antes de que se pusiera el sol, empezaron a encenderse las luces en la calle Mayor. Si no hubiera aceptado acudir a la casa, estaría comprando zapatos o pasando por casualidad por las rebajas. Bueno, no por casualidad, pero el principio seguía siendo válido.
