
Aquella tarde, Polly se había puesto en su honor sus mejores zapatos, que atraían la atención sobre las largas y esbeltas piernas de ella, pero no sabía por qué se había molestado. Philippe no se iba a fijar en ella, con zapatos o sin ellos, por culpa de aquel estúpido uniforme.
En cualquier caso, Polly no tenía muchas posibilidades de que se fijara en ella. Era bastante agraciada, rubia de ojos azules, pero nunca podría ganar un concurso de belleza, sobre todo si se la comparaba con todas aquellas elegantes mujeres que luchaban por ganar su atención en la sala. Polly, a su lado, se sentía demasiado gorda. Por su constitución, nunca podría alcanzar la extrema delgadez de aquellas mujeres. Además, sus generosas curvas y su alborotado cabello le hacían parecer desaliñada, fuera lo que fuera lo que llevara puesto.
En aquel momento, el timbre de la puerta sonó con impaciencia.
– ¡Ya voy, ya voy! -musitó Polly, mientras se colocaba la cofia en su sitio.
Intentando olvidar por un momento la tortura de aquellos zapatos, intentó fijar una sonrisa en el rostro antes de dirigirse a la puerta. Al abrirla, vio que en el umbral estaba un hombre de unos treinta años, de aspecto muy austero, con un rostro inteligente e irónicos ojos grises. Entonces, la sonrisa de Polly se borró de los labios.
– ¡Simon! -exclamó ella, atónita. Era imposible que Simon Taverner viniera a la casa de los Sterne. Momentáneamente, él pareció algo desconcertado, tanto que ella se preguntó si estaría teniendo una alucinación-. ¿Simon? -añadió, en un tono más dudoso.
– Hola, Polly.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó ella. Al oír aquella voz, estuvo segura de que era él. Simon era la única persona que conocía con aquel tono de voz tan pausado y la capacidad de avergonzarla con sólo un movimiento de la ceja, lo que la exasperaba. De repente, Polly fue consciente del aspecto que debía tener con aquel ridículo uniforme.
