– ¿Ves toda esta gente que hay aquí? -Le preguntó a su amiga-. Babs, cualquiera de ellos te dirá que la duquesa de Dunbarton carece de corazón para que se lo rompan.

– No te conocen -replicó Barbara-. Yo sí. Por supuesto, nada de lo que te diga te hará cambiar de opinión. De modo que solo voy a decir una cosa: te querré de todas formas. Siempre te querré. Nada de lo que hagas hará que deje de quererte.

– Pues me gustaría que al menos dejaras de hablar -repuso Hannah-, porque de lo contrario la alta sociedad presenciará el increíble espectáculo de ver a la duquesa de Dunbarton llorando y abrazada a su acompañante.

Barbara resopló con muy poca elegancia y las dos se echaron a reír una vez más.

– En ese caso, ahorraré saliva y me limitaré a disfrutar de este maravilloso paisaje -dijo Barbara-. Por cierto, tu hombre dominante, que puede estar en Londres o no, ¿tiene nombre?

– Qué raro sería si no lo tuviera -respondió-. Su apellido es Huxtable. Constantine Huxtable. El señor Constantine Huxtable. Es un poco humillante, ¿no te parece? Más que nada porque durante estos últimos diez años solo me he relacionado con duques, marqueses y condes. Incluso con el rey. Casi se me había olvidado lo que significaba la palabra «señor». Por supuesto, significa que es un plebeyo. Aunque no del todo. Su padre era el conde de Merton… y él es su primogénito. Su madre, y te lo digo para que no saques conclusiones precipitadas, era la condesa. Todo fue fruto de una tremenda idiotez, al menos por parte de la condesa y de su familia. Aunque supongo que el conde también haría alarde de una tremenda oposición. Al final acabaron casándose, sí, pero unos días después de que el primogénito naciera. ¿Te puedes imaginar un desastre peor para él? Creo que fueron dos días. Dos días que le negaron la posibilidad de convertirse en el conde de Merton, un título que ostentaría a estas alturas, y que lo convirtieron en el humilde señor Constantine Huxtable.



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