Y allí lo tenía, sí, acompañado por el conde de Merton y el barón Montford, el cuñado del conde. Iban a caballo.

Sí, no se había equivocado, decidió Hannah mientras observaba al señor Huxtable con ojo crítico. Su memoria no la había engañado aunque llevaba dos años sin verlo, ya que la primavera anterior la había pasado en el campo para cumplir su período de luto. Tenía un cuerpo perfecto, resaltado al ir a caballo. Era alto y delgado, pero bien formado y con todos los músculos en su sitio. Tenía unas piernas largas y fuertes, lo que siempre era una gran ventaja en un hombre. Tal vez sus facciones fueran algo más duras y angulosas de lo que recordaba. Y se le había olvidado el detalle de la nariz, que debió de rompérsele en algún momento de su vida y que no le habían colocado bien. Sin embargo, no cambió de opinión con respecto a su cara. Era lo bastante guapo como para que sintiera una agradable flojera en las rodillas. Pecaminosamente guapo.

Tenía el buen gusto de vestir de negro, salvo por los pantalones de montar y la camisa blanca, por supuesto. Su chaqueta de montar era negra y se amoldaba a los poderosos músculos de su pecho, de sus hombros y de sus brazos como una segunda piel. Las botas también eran negras, al igual que el sombrero de copa. Incluso su caballo era negro.

¡Madre de Dios, parecía peligrosísimo!, pensó Hannah con aprobación. Parecía inalcanzable. Parecía una fortaleza inexpugnable. Parecía capaz de cogerla con una mano (mientras ella intentaba asaltar la fortaleza, claro) y aplastarle todos los huesos del cuerpo.

Desde luego era el elegido. Al menos para ese año. Al año siguiente elegiría a otro. O tal vez al año siguiente se plantearía de verdad buscar a alguien a quien amar, a alguien con quien sentar la cabeza. Sin embargo, todavía no estaba preparada para eso. Ese año estaba preparada para algo totalmente distinto.



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