
Le daba igual. Siempre lo había sabido. No le importaba.
Se detuvieron para saludar a unos conocidos. El parque estaba lleno de rostros familiares, se percató Con cuando echó un vistazo a su alrededor. Casi no había caras nuevas, y las únicas que había eran las de las jovencitas, la nueva hornada de muchachas con aspiraciones de contraer un gran matrimonio.
Había algunas bellezas entre ellas, sí. Sin embargo, a Con le sorprendió, aunque no le resultó alarmante, descubrir lo aséptico que era su análisis. No sintió la menor atracción hacia ninguna de ellas. Podría haber expresado su interés sin temor a parecer presuntuoso. Su ilegitimidad era una mera formalidad legal. Le impedía heredar el título y las propiedades vinculadas a este, cierto, pero no afectaba a su posición social como hijo de un conde. Había crecido en Warren Hall. Había recibido una herencia considerable a la muerte de su padre.
Podría participar en el mercado matrimonial y contraer un matrimonio bastante ventajoso. Sin embargo, a sus treinta y cinco años tenía la incómoda impresión de que todas esas bellezas eran niñas. La mayoría tendría diecisiete o dieciocho años.
En realidad, sí que era alarmante. Porque no iba a rejuvenecer, ¿verdad? Y nunca había querido quedarse soltero. En ese caso, ¿cuándo pensaba casarse? Y lo más importante: ¿con quién iba a casarse?
Por supuesto, él mismo había disminuido sus posibilidades de contraer matrimonio al comprar Ainsley Park unos años atrás y llenar la propiedad con indeseables sociales: vagabundos, ladrones, antiguos soldados, retrasados mentales, prostitutas, madres solteras con sus hijos y otras muchas categorías. Ainsley Park era un enjambre de actividad y, para su satisfacción, la propiedad era muy próspera después de los primeros años de gastos… y trabajo duro.
No obstante, una joven esposa, en particular si procedía de noble cuna, no apreciaría que la llevara a vivir rodeada de semejantes personas y en semejante lugar… donde además tendría que alojarse en la residencia de la viuda. Hacía un mes que su salón fue designado como habitación infantil para las muñecas que estaban demasiado cansadas como para mantener los ojos abiertos después de tomar el té en el invernadero.
