
Barbara se sintió escandalosamente rica cuando llegó a Dunbarton House, después de un viaje durante el cual había tenido la impresión de que se le descoyuntaban todos los huesos del cuerpo.
Hannah la estaba esperando en el recibidor, donde se abrazaron entre chillidos y alegres exclamaciones durante unos minutos, hablando a la vez pero sin escucharse, y riéndose por la alegría de volver a estar juntas. La alta sociedad no habría reconocido a la duquesa de haberla visto, un error justificable dado el caso. Tenía las mejillas arreboladas, los ojos abiertos de par en par y brillantes, una sonrisa de oreja a oreja, y una voz aguda por la emoción y la alegría. El aura de misterio había desaparecido por completo.
Hasta que reparó en la silenciosa presencia del ama de llaves, que aguardaba a cierta distancia, y dejó a Barbara en sus competentes manos. Se entretuvo paseando nerviosa de un lado para otro del salón mientras su amiga era conducida a su dormitorio para que se aseara, se cambiase de vestido, se peinara y empleara a su gusto la media hora que faltaba hasta que se sirviera el té.
Cuando bajó, volvía a ser la Barbara compuesta y serena de siempre. Su leal y estimada Barbara, a quien quería más que a nadie en el mundo, pensó Hannah con una sonrisa mientras atravesaba el salón para volver a abrazarla.
– Estoy contentísima de que hayas venido, Babs -dijo. Soltó una carcajada-. Por si no te ha quedado claro después de mi recibimiento.
– Bueno, me ha parecido ver cierto entusiasmo, sí -comentó Barbara, tras lo cual ambas se echaron a reír otra vez.
