Me ha costado bastante decidir cómo comenzar, pues he visto muchas cosas de interés para el público en general. ¿Arranco como los novelistas, con mi nacimiento, o como los poetas, en mitad de la acción? Tal vez no. Creo que empezaré mi historia con el día -ahora hace ya más de treinta y cinco años- en que conocí a William Balfour, puesto que fue el asunto de la muerte de su padre el que me proporcionó algo de éxito y de reconocimiento entre el público. Hasta ahora, sin embargo, pocos han sabido toda la verdad acerca de ese asunto.

El señor Balfour me visitó por primera vez a última hora de una mañana de octubre de 1719, un año de mucha agitación en esta isla: la nación vivía en permanente temor a los franceses y a su apoyo al heredero del depuesto rey Jacobo, cuyos seguidores jacobitas amenazaban constantemente con recuperar la corona británica. Nuestro rey alemán llevaba apenas cuatro años en el trono, y las luchas de poder en el seno de su gobierno irradiaban una sensación de caos a toda la capital. Todos los periódicos condenaban la carga que suponía la deuda nacional, que decían que nunca podría ser saldada, pero esa deuda no mostraba señales de disminuir. Fue ésta una época de exuberancia y de desorden, de desastres y de oportunidades. Fue una buena época para un hombre cuyo sustento dependía del crimen y la confusión.

Pero a mí la política nacional me importaba más bien poco, y la única deuda que me preocupaba era la mía. Y el día en el que comienza mi relato tenía problemas más acuciantes incluso que mi precaria economía. Llevaba tiempo despierto, aunque muy poco levantado y vestido, cuando mi casera, la señora Garrison, me informó de que había abajo un caballero cristiano que deseaba verme. La buena de mi casera siempre sentía la necesidad de especificar que era un caballero «cristiano» el que me visitaba, aunque en los meses que llevaba residiendo con ella, ningún judío, aparte de mí mismo, había cruzado nunca el umbral de su puerta.



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